Los hábitos y experiencias vividas en casa han contribuido a reforzar los prejuicios en función de la especie. Much@s de nosotr@s hemos tenido algún familiar cuyo oficio estaba relacionado con la esclavitud, explotación y muerte del resto de animales: carnicer@, pescader@, cociner@, ganader@, peleter@...
Igualmente, en casa nos han enseñado a comernos el "muslo" del polllo, nos han calzado con la piel de la vaca, nos hemos aseado con productos testados en conejos... Son actos cotidianos que han acabado convirtiéndose en costumbre y que seguimos repitiendo cuando nos vamos fuera o nos independizamos. Nuestras madres y padres nos han transmitido lo que a su vez se les transmitió a ell@s, sin ser conscientes de que dichos hábitos no respetan la vida y la libertad de otros animales.
¿Y quién no ha ido al zoo, al aquárium o al circo acompañado de la mano de sus madres/padres, sus tí@s o abuel@s? Hemos disfrutado viendo a elefantes, tiburones, tigres, osos... pero no hemos pensado ni nos han explicado que están privados de libertad y que ese no es el sitio que les corresponde. En otros casos, el pasatiempo de algunos de nuestros familiares ha sido ir a cazar liebres, pescar pulpo o doradas... y lo hemos compartido con ell@s, asumiendo que matar animales no humanos es una forma más de ocio.
¿No os habéis preguntado nunca por qué jugamos con nuestro perro y nos comemos al cerdo? En definitiva, ¿por qué respetamos a unos y discriminamos a otros? Hemos aprendido a diferenciar a los animales no humanos porque nuestra familia también nos explicó cuál era su papel en la vida y así lo aceptamos; una clasificación basada en nuestros intereses, no en los de ellos. Quizás sea el momento de ponerse en su lugar y preguntarnos si dicha diferenciación es justa. |